El volcán islandés vuelve a la carga

En el año 2011 la erupción del volcán islandés Grimsvötn , provocó la cancelación de 900 vuelos por la dificultad que suponían las cenizas para la visibilidad en el espacio aéreo. Este volcán es el más activo de Islandia. Suele protagonizar erupciones en periodos que van de los 4 a los 15 años, y otras más grandes cada 150 ó 200 años. 

En estos momentos se está preparando para una nueva, por lo que la escala de peligro del tráfico de aviones ha pasado del verde al amarillo. Tiene que subir al nivel naranja después antes de llegar al rojo, que denotaría ya un peligro inminente. Pero no se sabe cuándo ocurrirá. 

Su mayor peculiaridad es que está sumergido en el hielo, y a través de él solo sobresale una antigua cresta en la zona en que se abre el cráter. 

Calor y hielo no son una buena combinación, por lo que en su interior se dan una serie de fenómenos que no se encuentran en otros volcanes. Y es que, al derretirse el agua helada, se forma un lago subglacial de 100 metros de profundidad, con pedazos de hielo de hasta 260 metros que flotan sobre él. Estos pedazos fluyen hasta llegar a la caldera, donde se funden, aumentando cada vez más el nivel del agua.

Se han dado casos en los que esta agua subterránea ha viajado 45 kilómetros, hasta llegar al borde de la zona helada, liberándose y causando grandes inundaciones. En el pasado ha llegado a destrozar puentes y carreteras, de ahí que con el tiempo comenzaran a usarse instrumentos capaces de seguir el rumbo del agua bajo tierra y predecir cuándo y dónde se liberará. Así, se pueden cerrar estas zonas al tráfico, para evitar accidentes.

Otro de los motivos por los que este volcán es tan especial es el resultado del drenado del agua de deshielo. Cuando esto ocurre, se da un efecto similar al de abrir una olla a presión en pleno funcionamiento. Se retira el agua de la parte superior del volcán, reduciendo drásticamente la presión y generando el estallido más comúnmente conocido como erupción.

Si bien hay fenómenos naturales relativamente fáciles de predecir, como las tormentas o los huracanes, con el tema de los volcanes, la cosa se complica. Un aumento de la actividad subterránea puede indicar que la erupción está por venir, pero no hay manera de saber cuándo ocurrirá.

Según ha explicado el vulcanólogo Dave McGarvie en un artículo para The Conversation, en los últimos años se ha monitorizado cómo este volcán de Islandia se ha ido inflando, a medida que el magma se ha desplazado por sus conductos internos. Esto ha ido acompañado de un aumento del calor que ha derretido hielo a mayor velocidad y, además, se ha incrementado la actividad sísmica.

Se sabe que estas erupciones suelen ir precedidas por enjambres sísmicos. Este es un conjunto de terremotos muy seguidos y muy cortos. Pueden darse por muchos motivos; pero, en situaciones como la del Grímsvötn, ocurren justo después del drenado del lago subterráneo y antes de la erupción.

Por todo esto parece ser que este volcán podría volver a cubrir el cielo de cenizas pronto. La parte buena es que, si seguimos la sucesión temporal de los últimos registros, ahora tocaría una erupción pequeña. La de 2011 fue de las grandes, por lo que no deberíamos esperar otra igual hasta dentro de más de un siglo. Estos “estallidos” más leves van acompañados de cenizas pegajosas, que caen rápidamente al suelo, sin viajar a muchos kilómetros de distancia, por lo que no serían un problema serio para el tráfico aéreo. Todo eso suponiendo que no se altere la línea temporal que se ha ido dibujando en los últimos años. El problema es que la vulcanología no es una ciencia exacta y que estos fenómenos de la naturaleza pueden sorprendernos en cualquier momento. Si a eso le sumamos que estamos en 2020, cualquier cosa puede pasar.

Fuente: Hipertextual

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